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La Línea Verde

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A un lado de la catedral maronita de San Jorge los taxis colectivos aguardaban alineados la llegada de pasajeros. Dos ancianos se acomodaban en el primero de la fila, mientras que el conductor esperaba a reunir dos más para completar las cuatro plazas y así emprender la marcha. Al llegar al grupo, Imad le pagó los huecos restantes con el objeto de no tener que esperar y así poder cruzar cuanto antes hacia la parte cristiana de la ciudad. La única manera de conseguirlo era atravesando la Línea Verde que separaba ambas partes, y únicamente existía un lugar por donde era posible, en la confluencia de la Avenida Gouraud con el lado sur de la Plaza de los Mártires. Cada día, los vehículos que se apilaban en las inmediaciones aguardaban la oportunidad para traspasar la línea cuando disminuía la intensidad de los disparos.
Aquella mañana la ciudad había amanecido con relativa calma después de una noche agitada y ruidosa. El conductor fue el último en subir al destartalado Mercedes con sus oc…

Sahel

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El reducido grupo se abrasaba a la sombra del vetusto Tupolev bimotor con el que habían volado desde Argel. Hasta donde les alcanzaba la vista no divisaban más que una llanura parda, infinita y atemporal que vibraba enmudecida por el calor. Bajo un cielo pálido y sin vida, el viento se había detenido, la vida parecía extinguida. Silencio absoluto y angustioso en aquel lugar perdido del corazón del Sáhara, donde el tiempo no existía. Abdul alcanzaba a escuchar su propio pulso en las sienes. La cara le ardía, respiraba trabajosamente en aquel lugar donde solo había arena y el aire. Como los demás, él languidecía en el suelo, inmóvil bajo una tormenta de fuego silencioso esperando la llegada del convoy.

Una minúscula sombra se arrastraba por el deslumbrante horizonte como un insecto, donde el cielo y la arena se confundían consumidos por un sol descomunal. En el espantoso silencio la mancha perezosa e indefinida iba aproximándose hasta emerger de las llamas transparentes del desierto y to…

Amna Suraka

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Prisión de Amna Suraka, Solimania, Irak. 

Por los pasillos retumbaban los alaridos que intentaban huir de aquel macabro laberinto. Una enfermiza luz roja teñía la pestilente y gélida habitación donde el preso pendía atado bocabajo. El enloquecido verdugo se ensañaba en azotarle las plantas de los pies mientras su víctima se retorcía como un péndulo desquiciado. A su alrededor, sombras anónimas y ojos vacíos de expresión permanecían inmóviles en un ambiente irreal. Los enrojecidos muros hedían a sangre y a terror, a sufrimiento inútil y a muerte, testigos mudos de los gritos de desesperación.


Tras una de las esquinas, Robert fumaba nerviosamente en compañía de varios miembros del Mukharabat. Con aire de sádica indolencia aguardaban la confesión, la identidad por la cual habían llevado al americano de nuevo a aquel inhumano agujero. Deambulaba angustiado como un animal encerrado a lo largo del escaso pasillo, restregando su gabardina por el sucio acero de los barrotes. 
Después de apurar e…

Memorias de un francotirador

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Hacía mucho tiempo que no recordaba cómo era la vida fuera de esa habitación. Cuatro paredes desconchadas, un camastro desvencijado y una mesita rebosada de vasos vacíos de café, paquetes de tabaco y casquillos de munición. Se sabía de memoria todos y cada uno de los ladrillos de aquellas paredes desnudas, los agujeros de bala, los restos del hogueras alimentadas con los últimos muebles de una casa que ya no tenía ningún signo de haber sido un hogar. Se sabía de memoria los dibujos de las cerámicas del suelo cubiertas de polvo, de las manchas de sangre seca y de los cristales rotos que alguien había arrinconado cuidadosamente. Pero más allá de las paredes de esa habitación ya no quería recordar lo que le aguardaba. Llegó a no estar seguro de si no quería o no podía rememorar cómo era la vida allí afuera, pero a veces ella misma atravesaba sin avisar las paredes para recordarle por qué estaba ahí escondido.
Hacía mucho tiempo que tampoco estaba seguro de cómo había llegado a esa habitac…

La Tierra Maldita

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Escondido entre los arbustos de mandioca contemplaba la fila de milicianos que se deslizaba sigilosa por el fondo del valle. Solía encontrárselos patrullando durante sus furtivas visitas a las colinas en busca de algo con que comer para él y sus hijas. Desde que huyeron precipitadamente del pueblo apenas alcanzaban a alimentarse de brotes verdes y harina cruda. Las niñas se encontraban demasiado débiles para recordar la pesadilla vivida con aquellos enloquecidos asesinos, el día en que un ejército de machetes hacía pedazos a todo el que encontraban en su camino. Había logrado escapar con sus hijas en brazos sorteando decenas de cadáveres y chozas en llamas, y ahora malvivían escondidos en las montañas. Ningún rastro de vecinos ni familiares en toda la zona, como si los hubiera engullido aquella bestia asesina.
Sin embargo, aquella fila lucía diferente que de costumbre. Dos figuras rubias, níveas, desfilaban hacia el río entre flamboyanes y acacias junto al resto de los soldados torpeme…

Las frituras de Michín

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A Michín no se le escapaba nada. Desde su puesto de frituras en una de las esquinas más concurridas de Villa Juana se mantenía al corriente de vida y milagros de todos y de cada uno de sus vecinos, sin perder nunca de vista su negocio. Por sus oídos pasaban rumores, dimes, aventuras, habladurías y escándalos que guardaba celosamente para sí mismo y nadie más. Bajo el carrito donde exponía alitas de pollo, quipes y tostones tras una grasienta vitrina, una radio amenizaba sus interminables jornadas con salsa. Siempre risueño y socarrón solía balancear distraídamente su enorme trasero a ritmo de tumbadoras y bongós mientras sazonaba carne, compartía con los clientes, pelaba plátanos y cobraba. Sin dudarlo repetía su frase favorita a todo el que osaba proponerle algún trato para comer sin dinero: “hoy no se presta, mañana quizás”.

Él era el más informado, el que todo sabía y conocía. Permanecía en su esquina desde temprano, cuando comenzaba a servir bollitos de yuca y café hasta la noche, …

Interhamwe

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Un súbito estallido. Los tejados de la ciudad se sacudieron por el efímero destello de la explosión. Un momento después los restos del avión en llamas se precipitaban en macabro silencio sobre Kigali. En el país de las mil colinas la noche era densa, profunda, a veces angustiosa, con olor a verde y a papaya, a tierra mojada y a miedo. El crujido sobre las cabezas de los ruandeses constituía la señal de aviso que unos ansiaban y otros temían, pero que todos esperaban. Familiares, amigos, desconocidos, vecinos se observaban en silencio mientras escuchaban el eco de la detonación que aun retumbaba en la oscuridad. El momento había llegado y cada uno sabía cuál era su papel y lo que debía hacer. No había lugar a preguntas ni a respuestas, todo estaba ya más que explicado. El tiempo se detuvo, todos  enmudecieron y el mundo cerró los ojos.
“Ayúdanos Señor a cumplir con tu voluntad. Es la hora de eliminar a los enemigos de este país, a los que te niegan. Ayúdanos a encontrarlos en sus escond…